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martes, 23 de agosto de 2011

Guía El mundo Bizantino

 


El mundo bizantino
  El Imperio Bizantino se creó en el año 330 y concluyó en el 1453. Pese a esta milenaria trayectoria apenas es conocido en occidente. Su legado es polémico (los ilustrados lo rechazaron y la Rusia soviética y el Tercer Reich lo analizaron con interés) y su huella es aún visible en el cisma que separa a Católicos y Ortodoxos”.


Como recordarás, la República Romana se convirtió en el año 27 a. C. en un poderoso imperio, que siguió expandiendo sus territorios en torno al Mediterráneo. Pero a mediados del siglo III empezó una época de dificultades y fuerte inestabilidad: el imperio entró en una crisis que desembocará en la división del imperio en dos. El   Imperio   Bizantino,   conocido   también   como   Bajo   Imperio,   Imperio   Griego,   Imperio   de Constantinopla, Imperio Romano de Oriente, tiene sus inicios en dos hechos históricos:
  1. La fundación de Constantinopla por el emperador romano Constantino en el año 330. Éste había   derrotado   a Majencio en el año 312 en el Puente Silvio, sobre el río   Tiber.   Los   cristianos interpretan la victoria como la   derrota   del   mal   (el paganismo- Majencio)  y el triunfo  del bien (el cristianismo y la conversión de Constantino). Prueba de esta interpretación cristiana es la visión que Constantino tiene antes de la batalla, del Signo de la cruz con esta inscripción: Con este signo vencerás. En este ambiente, Constantino produce el Edicto de Milán en el 313, por el cual los cristianos, que antes eran perseguidos, pueden libremente practicar su culto protegidos por el Estado. Después del Edicto de Milán, la política del Emperador privilegia al cristianismo convirtiéndolo en la fuerza histórica del Imperio. En este contexto funda Constantino la ya dicha ciudad de Constantinopla, en el año 330. La construye a orillas del Bósforo, en el lugar que ocupaba la antigua ciudad comercial griega de Bizancio.

La división del Imperio Romano en dos. Ocurre con Teodosio en el 395. A su muerte, dividió el Imperio entre sus dos hijos: Arcadio en oriente, Honorio en Occidente. Aparecen entonces los dos Imperios: el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, cuya sede será Constantinopla.
Constantinopla: Esta ciudad fue la capital de Bizancio. Su vida giraba alrededor de tres polos: la corte, el hipódromo y la iglesia de Santa Sofía. La corte incluía la residencia del emperador o palacio sagrado, ricamente adornado, y las residencias y oficinas de la burocracia, tanto ministerial como diplomática. Era también el centro comercial del Imperio. El hipódromo era el lugar de las carreras de carros tirados por caballos. La iglesia de Santa Sofía era el centro religioso del Imperio, residencia del patriarca y lugar de culto por excelencia.
El gobierno de Justiniano: En el año 527 llegó al poder el emperador Justiniano, de origen macedonio, con quien el Imperio alcanzó su época de esplendor. Hombre instruido e inteligente, supo rodearse de valiosos colaboradores, entre los que destacaron los generales Belisario y Narsés y el jurista Triboniano. Su mujer, la emperatriz Teodora, contribuyó notablemente a la obra política.   Durante su reinado se redactó el Corpus Iuris Civilis, importante recopilación del derecho romano, y se construyó la majestuosa basílica de Santa Sofía en Constantinopla, símbolo  de  la  civilización  bizantina.  Justiniano  impulsó  una  reforma  de  la Administración, basada en una burocracia profesional y en un riguroso sistema tributario, que permitió al Imperio sobrevivir a todas sus crisis durante siglos. El Estado tuvo un carácter centralizado y muy jerarquizado donde la Iglesia y el ejército desempeñaban un importante papel. Para sostener un Estado tan complejo el Imperio necesitaba una economía sana. El 50% de la población vivía en el campo, y sobre ella recaían unos impuestos opresivos.

Estructura Política y social: El emperador bizantino tenía un poder absoluto. Se apoya en dos grandes pilares: el palacio imperial y el ejército. Aunque en su origen es un emperador romano, poco a poco fue tomando elementos que le llevan a aparecer como un poder oriental. Es un soberano de derecho divino, y ese carácter sagrado hace que se le represente siempre rodeado de una aureola, como los santos, a los que se les realizaba culto, de manera que cuando aparece sus súbditos le perfuman con incienso y se arrodillan ante él. El emperador Heraclio (610-641) abandona el título de emperador romano, para conservar únicamente el de Basileus griego. Al mismo tiempo, como monarca cristiano, recibe la corona del patriarca de Constantinopla. ·   

El emperador: El jefe supremo del Imperio Bizantino era el emperador (Basileus), que dirigía el ejército, la administración, y tenía el poder religioso. Cada emperador tenía la potestad de elegir a su sucesor, al que asociaba a las tareas de gobierno confiriéndole el título de césar. En algún momento de la historia de Bizancio llegó a haber hasta 5 césares simultáneos. El sucesor no era necesariamente hijo del emperador. En muchos casos, la sucesión fue de tío a sobrino, llegaron al poder al ser proclamados emperadores por el ejército, o gracias a las intrigas cortesanas, a veces aderezadas con numerosos crímenes. Para evitar que los emperadores destituidos y sus familiares reclamaran el trono eran con frecuencia cegados y, en ocasiones, castrados, y confinados en monasterios. Estos crímenes atroces fueron sumamente frecuentes en la historia del Imperio Bizantino, especialmente en las épocas de inestabilidad política. La monarquía bizantina tenía un carácter cesaropapista —uno de los títulos del emperador era Isapóstolos ('Igual a los Apóstoles'), y ciertas prerrogativas de su cargo remiten al Rex sacerdos ('Rey sacerdote') de la monarquía israelita—. El emperador y el Patriarca tenían una relación de mutua.

Interdependencia: si bien el emperador designaba al Patriarca, era éste el que sancionaba su acceso al poder mediante la ceremonia de coronación.
El ejército bizantino fue durante siglos el más fuerte de Europa. La superioridad naval de Bizancio le proporcionó el dominio del Mediterráneo oriental hasta el siglo XI, cuando empezó a ser sustituida por el incipiente poder de algunas ciudades-estado italianas, en especial Venecia. En un primer momento existían dos tipos de tropas: los limitanei (guarniciones de frontera) y los comitatenses. A partir del siglo VII el Imperio fue organizado en themata, divisiones tanto administrativas como militares dirigidas por un strategos, cuya existencia mejoró sustancialmente la capacidad defensiva de Bizancio frente a sus numerosos enemigos exteriores. En la defensa de Bizancio jugó un importante papel la hábil diplomacia de sus emperadores. Los pagos de tributos mantuvieron mucho tiempo alejados a los enemigos del Imperio, y su servicio de espionaje logró salvar situaciones que parecían desesperadas. El arte de la estrategia alcanzó un gran auge en época bizantina, e incluso varios emperadores, como es el caso de Mauricio escribieron tratados sobre el arte militar. Estas doctrinas ensalzaban el sigilo, la sorpresa y el liderazgo de los comandantes.
La importancia de la Religión: En el imperio Bizantino, Iglesia y Estado, emperador y patriarca, se identificaron progresivamente, hasta el punto de que el apego a la verdadera fe (la «ortodoxia») fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio Bizantino, lo que no impidió que surgieran numerosas corrientes heréticas. El cristianismo se fue desarrollando en la zona oriental del Mediterráneo con peculiaridades que le fueron alejando cada vez más del cristianismo occidental. La presencia de un patriarca de Constantinopla que quería ser tan poderoso como el Papa, la influencia de movimientos como el de los iconoclastas, la forma de organizarse las autoridades eclesiásticas, condujeron a la ruptura con la iglesia de Roma, que sirvió para ahondar más las diferencias entreambas partes del Mediterráneo. Algunos problemas presentados fueron los siguientes:
Durante el reinado de los emperadores Isaurios (717-867), el Imperio Bizantino se estremeció con la célebre disputa de las imágenes y los iconoclastas. Fue una lucha teológica y política. Los iconoclastas (de “eikon” imagen y “klazein”: destruir, es decir, no partidarios de las imágenes)denunciaban como impío el culto a las imágenes o iconos y proclamaban su destrucción sistemática, pues representar lo divino bajo forma humana era un escarnio y un escándalo. Los iconólatras, (de “eikon”: imagen y latreuein”: adorar, o sea, defensores de las imágenes) mostraban hacia las imágenes o iconos una pasión cultural y una fe ilimitada en sus virtudes milagrosas y en sus poderes prodigiosos. Todo comenzó durante el reinado del emperador León III (717-741). Éste ve con malos ojos el culto a las imágenes sagradas, a los santos y sus reliquias. Los monasterios, centro de dicho culto, reaccionan a favor de las imágenes y en contra del Emperador. Viene entonces la lucha y ésta se refleja en las disposiciones de una serie de cambios regionales. El concilio de Hiereia (753) prohíbe la veneración de las imágenes o iconos en todo el Imperio. El de Nicea (787) anuló todos los edictos contrarios a la veneración de las imágenes. El de Constantinopla (815) repone las leyes contra los iconos. En el 843, el culto fue restablecido solemnemente. Lo que pasa es que, tras la cuestión de si tiene o no base teológica el culto a las imágenes, hay un problema político: la lucha por el poder entre la Iglesia y el Estado. Triunfan los partidarios de los iconos pero con una concesión: el Estado está por encima de la Iglesia. El Patriarca es un mero funcionario del Emperador. Y los iconos, tanto en pintura como en escultura, se convierten en una de las manifestaciones culturales más específicas de los bizantinos.

Bizancio encarnaba el ideal del Imperio cristiano, heredado de Roma, y a lo largo de su historia fueron continuas las controversias teológicas, que con frecuencia respondían a conflictos políticos. Desde el siglo V, la herejía monofisita puso en peligro la unidad del Imperio, compuesto por distintos pueblos cuyo principal vínculo era la religión. El monofisismo no aceptaba la doble naturaleza, humana y divina, de Cristo y en el siglo VI se extendió por Egipto, Siria, Palestina y Armenia, las provincias más ricas, donde la divergencia religiosa se unió a la incipiente conciencia nacional frente a las zonas de cultura griega. En el siglo VIII la creciente rivalidad entre las autoridades eclesiásticas de Roma y Constantinopla condujo a la separación definitiva de ambas iglesias en el año 1054.

El cisma de oriente: Cuando hablamos de cisma nos estamos refiriendo a la separación de la Iglesia Bizantina con respecto a la Iglesia Romana y del Papa. Su protagonista en un primer momento es el Patriarca de Constantinopla, Focio (858). El motivo fue el siguiente: los búlgaros, pueblo bárbaro, se convierten al cristianismo y su Zar, Boris, se hace bautizar. En honor al Emperador Miguel, su padrino, adoptó también el nombre de Miguel. El Zar reanudó relaciones con el Papa quien pretendió incorporar a la Iglesia Romana la nueva provincia eclesiástica (Bulgaria) como parte de la Provincia Ilírica (lo que hoy es Austria y Yugoslavia), ya romana. Ello ofendió el nacionalismo griego, y el Patriarca Focio salió en su defensa. En una famosa declaración, reprochó a Roma unas innovaciones que consideraba heterodoxas, es decir, reñidas con la ortodoxia religiosa. En una asamblea eclesiástica, presidida por Focio, se negó la autoridad del Papa sobre la Iglesia Bizantina y se le excluyó de la comunidad eclesiástica. Con ello, en el año 858 se sientan las bases para la separación de la cristiandad en una Iglesia Romana Occidental y una Iglesia Griega Ortodoxa, tal como hoy todavía existe.

Manifestaciones culturales: Asentado en el territorio de la cultura griega, el imperio bizantino jugó un papel esencial en la transmisión de la herencia cultural helénica. Desde todos los tiempos, las obras de la Antigüedad griega han sido copiadas o conservadas en ricas bibliotecas. La cultura se entendía más como reproducción que como creación. La literatura en lengua culta no produjo muchas obras. En cambio es destacable la poesía en lengua vulgar, más ágil y rica.

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